Posteado por: jbb | septiembre 4, 2012

Se deshiela el Océano Ártico (y se nos hiela el corazón)

El hielo que cubre la superficie del Océano Ártico normalmente releja el 80% de la luz solar, por lo que contribuye a mantener el frío polar y a moderar el clima. Durante el invierno, la superficie congelada del Océano Ártico alcanza su mayor extensión, que era de unos 16 millones de kilómetros cuadrados en el 2000. En el verano, el hielo se derrite y la superficie congelada del Océano Ártico se reduce al mínimo, que era cerca de 8 millones de kilómetros cuadrados hace 12 años. A diferencia del hielo, el agua absorbe cerca del 90% de la luz solar.

Si la temperatura global se mantuviera constante, los valores máximos y mínimos de la superficie congelada del Océano Ártico variarían muy poco. Debido al calentamiento global, la superficie helada del Océano Ártico es cada vez menor tanto en invierno como en verano. Particularmente en verano, por la cantidad de energía que absorbe el agua.

En estos momentos el hielo cubre menos de 4 millones de kilómetros cuadrados. Nunca había habido tan poco hielo en el Océano Ártico. Puede ver la imagen actualizada del deshielo del Océano Ártico en: http://nsidc.org/arcticseaicenews/

¿Hacia el fin de la historia?  

Joaquín Bohigas Bosch

A fines de agosto de 2012, “la superficie de hielo que cubre el Océano Ártico llegó al mínimo registrado por observaciones satelitales … se redujo a 4.10 millones de kilómetros cuadrados … 70,000 kilómetros cuadrados menos que el 18 de septiembre de 2007” (National Snow and Ice Data Center, agosto 27, 2012). Es probable que a mediados de septiembre se haya achicado otro medio millón de kilómetros cuadrados, siete veces la superficie del estado de Baja California. También es concebible que en un par de décadas deje de haber hielo en el Océano Ártico durante el verano, mucho antes de lo que predicen los modelos más pesimistas del cambio climático. El futuro tiene prisa.

Bajo aguas poco profundas del Océano Ártico, yacen más de 90 mil millones de barriles de petróleo y aun mayores depósitos de gas natural. Ya los han empezado a extraer, porque este clima relativamente benigno – aguas abiertas en verano y hielo delgado durante el invierno – facilita la instalación y operación de plataformas y redes submarinas de tuberías. Barcos de gran calado ya transitan por la región y se espera que por sus aguas veraniegas navegue una fracción creciente del comercio marítimo entre Asia, Europa y la costa oriental de Estados Unidos. En algún momento será común la presencia de embarcaciones pesqueras dedicadas a explotar los bancos de peces que durante centenas de miles de años, pero no por mucho tiempo más, han sido la base alimenticia de los animales más emblemáticos del círculo polar: focas, narwhales, morsas, osos, ballenas.

Algunos magnates universales y estadistas de los países “co-propietarios” del Océano Ártico, Canadá, Dinamarca, Estados Unidos, Noruega y Rusia, probablemente están de plácemes con esta noticia, contabilizando los enormes dividendos que podría dejarles la explotación de este mundo virgen. Por el contrario, la noticia es terriblemente deprimente para muchos de nosotros, pues ratifica las peores expectativas del cambio climático y quizá presagia, ahora sí, el inquietante quebranto de nuestra civilización, ¿el fin de la historia?

Este alarmante descongelamiento no ha ameritado un solo encabezado periodístico y apenas ha sido mencionado en algunos noticieros de radio y televisión y las secciones más olvidadas de los grandes diarios. En poco tiempo nos han habituado a vivir en el mundo del calentamiento global, trivializando sus efectos y minimizando sus riesgos y la urgencia con la que tiene que ser atendida esta extraordinaria crisis universal. En palabras del Director de la Agencia Internacional de Energía, una organización que no está dedicada a temas ambientalistas:  “bajo las políticas actuales … se duplicarán las emisiones de CO2 en 2050 … aumentando seis grados más la temperatura global … ocasionando serias penurias económicas y ambientales a las próximas generaciones … un legado que no deseamos dejar” (R. H. Jones. Londres, 25-04-2012).

Esta mortal indiferencia es consecuencia del manejo que se le ha dado a la crisis financiera desatada en 2007, que puso en evidencia que el sistema político está bajo el control de una oligarquía financiera interesada en rescatar sus bancos y mantener en operación sus corporaciones más rentables, sin importar los costos sociales y ambientales que pueda haber. Lo vemos en el manejo que le han dado a la llamada crisis del euro y en los debates del proceso electoral estadounidense, en el que, entre otras cosas, no se menciona el cambio climático y la sobreexplotación de los recursos naturales. Es entendible, ya que el motor del capitalismo es el continuo crecimiento de la economía, circunstancia que eventualmente será incompatible con los recursos finitos de nuestro planeta, asunto del que prefieren no hablar.

La ciencia, la tecnología y la energía que extraemos de los hidrocarburos, han hecho posible el bienestar del que disfrutamos, inédito en la historia de la Humanidad. Parece increíble, pero las condiciones de vida en la deslumbrante Roma Imperial eran mucho peores que en los países más pobres de la actualidad: la mortandad infantil era tres veces mayor que la que hay en Afganistán y la expectativa de vida de un romano era de apenas 25 años. Pero este relativo lujo también nos ha orillado a una catástrofe climática, porque la principal causa del calentamiento global es la combustión de estos hidrocarburos.

Afortunadamente, es posible preservar nuestra calidad de vida sin trastornar el clima, cosechando una cantidad inagotable de energía de la luz que nos llega del sol, de la circulación del aire y del agua y del calor que almacena nuestro planeta. Existe la ciencia y la tecnología para realizar esta transformación en un par de décadas, pero nos dicen que las energías renovables no son rentables y que primero es necesario amortizar el capital invertido en las industrias de la energía y del transporte. No dicen que el capital que desean amortizar es de unos pocos y que cuando hablan de rentabilidad se refieren a sus márgenes de ganancia. Parece inconcebible, pero la Humanidad se puede ir al carajo porque las energías renovables no son suficientemente provechosas para el minúsculo grupo de oligarcas que dirige el mundo. Esta es la verdadera madre de todas las crisis.

La irremediable e irrecuperable pérdida del clima

Antonio Sarmiento Galán

No existen puntos de posible comparación; no se trata de conflictos bélicos, epidemias en salud o caídas de las bolsas. No nos encontramos preparados, histórica y psicológicamente, para entender lo que significa; de ahí que ésta sea una de las razones por las que muchos se rehúsan a aceptar que está ocurriendo.

Lo que estamos presenciando aquí y ahora, es la transformación de la física de la atmósfera de este planeta. Tres semanas antes de la fecha en la que usualmente el hielo marino en el Ártico alcanza su extensión mínima, su derretimiento ha roto el récord alcanzado en el 2007 (NSIDC 2012). La tasa diaria de pérdida de hielo es ahora 50% más alta que en el 2007: 99,029 kms2 ahora versus 62,976 en el 2007 (CCR 2012); por lo contrario, el sentido diario de pérdida no puede cuantificarse tan fácilmente.

 

El Ártico se ha estado calentando aproximadamente al doble de la velocidad  de lo que lo ha hecho el resto del hemisferio norte y ello se debe en parte, a que el fenómeno ahí se auto-perpetúa, es decir, a medida que el hielo se derrite, se expone el obscuro mar debajo y la radiación solar que previamente era reflejada por el hielo, es absorbida aumentando la temperatura del mar.

Esta enorme disolución, tanto de hielo como de certidumbre, está ocurriendo de manera mucho más rápida que la predicha por los científicos, tanto que uno de ellos ha dicho “Me siento como si todo lo que yo aprendí, se ha vuelto repentinamente obsoleto”(ASI 2012). En el último reporte del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés) publicado en 2007, notó que “… en algunas de las proyecciones, el hielo marino del Ártico durante el final del verano desaparece casi por completo al final del siglo XXI” (IPCC, 2007).

Éste fue uno de los pronósticos más extremos entre los que hizo el panel y sin embargo, la predicción ahora es la de que el hielo desaparecerá en esta década o la siguiente a más tardar (Maslowski 2009, Wadhams 2011, Laxon 2012).

Como debería ya ser parte del dominio público, las predicciones del IPCC tienden a ser conservadoras; ello se debe parcialmente a la sorprendente cantidad de gente fuera del ámbito científico que tiene que aprobarlas antes de que se publiquen. Aunque ha habido ocasiones – como la estimación de la velocidad con que desaparecerán los glaciares en los Himalayas – en los que el panel ha exagerado el caso, parece que dichas ocasiones serán superadas numéricamente por aquéllas en la que el panel ha subestimado el problema.

El deshielo también dispersa otra creencia, la de que las partes templadas del planeta – aquéllas en donde la mayoría de las naciones ricas están localizadas – serían menos y posteriormente impactadas, mientras que las naciones pobres serían las primeras y peor golpeadas. El reciente conocimiento sobre la forma en la que la destrucción del hielo marino del Ártico afectará el norte de Europa y de América, sugiere que dicha creencia es falsa: un artículo reciente muestra que es probable que el calentamiento del Ártico sea responsable de los extremos que han venido golpeando a las naciones otrora templadas (Francis y Vayrus 2012).

La corriente polar del norte, cuyo viento tiene una amplitud de varios cientos de kilómetros, viaja hacia el este alrededor del hemisferio y funciona como una barrera que separa el tiempo frío y húmedo del norte del clima tibio y seco del sur. Muchas de las variaciones en el tiempo son causadas por grandes meandros viajantes – u ondas de Rossby – en esta corriente. El artículo muestra que el calentamiento del Ártico frena las ondas de Rossby y las vuelve más pronunciadas y amplias; en lugar de continuar avanzando rápidamente, el tiempo se atasca. Las regiones al sur del meandro atorado esperan la lluvia durante semanas o meses; mientras que las regiones al norte o debajo del meandro, esperan la terminación de la lluvia por lapsos similares. En lugar de una benigna sucesión de días soleados y chubascos, se tienen sequías o inundaciones. Durante el invierno, un meandro profundo y lento puede conectar a las regiones templadas con el clima polar, arrastrando hielo y nieve hacia el sur, lejos de su rango usual. Este mecanismo alcanza a explicar el desplazamiento a patrones climáticos sostenidos – y por lo tanto, extremos – alrededor del hemisferio norte (Peterson et al. 2012, Hanen et al. 2012).

Es difícil predecir lo que acontecerá en Europa y Norteamérica este invierno y el próximo verano a la luz del deshielo récord, pero es poco probable que sea algo placentero. Este récord representa una pérdida cercana al 30% del promedio a largo plazo de hielo marino en el Ártico; cuando dicha pérdida suba a 50, 70 o 90%, los impactos serán probablemente peores. Los gobiernos nada hacen, salvo abandonar cualquier pretensión de responder a la crisis ambiental durante la cumbre de la Tierra en junio y mirar fija y estúpidamente como se derrite el hielo del que tanto dependemos. Nada – o peor que nada: su única respuesta inequívoca ala captura del petróleo y los peces que éste expone.

Las compañías que causaron el desastre se encuentran peleando entre ellas para lucrar con el deshielo. El 26 de agosto, la petrolera Shell solicitó una extensión a su período de perforaciones exploratorias en el mar de Chuckchi, en la costa noroeste de Alaska (LAT 2012). Ello aumentaría la enorme presión de sus operaciones justo en el momento cuando el hielo se forma de nuevo y cualquier derrame que ocasionasen quedaría atrapado ahí mismo. La compañía petrolera rusa Gazprom está aprovechando el enorme deshielo para intentar perforar en el mar Pechora al noreste de Murmansk. Después de convertir sus tierras árticas –en la república Komi– en el delta nigeriano del norte (repetidos derrames de petróleo en la tundra son abandonados sin remediación alguna, Burwald 2012), Rusia quiere extender su industria a uno de los ecosistemas más frágiles en el mundo, donde el hielo, las tormentas y la obscuridad hacen casi imposible la descontaminación.

Desde hace algunos días, algunos activistas de Greenpeace se han encadenado al buque de suministro de Gazprom, impidiendo que la torre de perforación opere (GP 2012). Esta gente esta interviniendo en donde los gobiernos se han retraído y fallado. Los primeros ministros del Reino Unido y Noruega firmaron en junio un acuerdo para “habilitar el desarrollo sostenible de energía en el Ártico”(JS 2012). En dicho acuerdo, ‘desarrollo sustentable’, por supuesto, significa perforar en busca de petróleo.

¿Será así como lo vean nuestros descendientes? Que destruimos las benignas condiciones que hacían posible un mundo lleno de maravillas y no contentos con ello ¿aprovechamos la oportunidad para amplificar los daños? Por supuesto que todo mundo podrá clamar que se actuó persiguiendo otras metas o que de plano nada se hizo pues las otras inmediateces de la vida parecían ser más importantes. Pero, a menos que finalmente respondamos, los resultados ocurrirán con la misma seguridad con la que ocurrirían si nosotros los hubiésemos buscado.

¿Estupidez? ¿Codicia? ¿Pasividad? Palabras que se evaporan tan rápido como las comparaciones. El hielo marino, esa plataforma sólida y estable de la que ahora descubrimos tanto depende, se evapora en el aire. Las legítimas aspiraciones a la paz, la prosperidad y el progreso, seguirán irremediablemente el mismo camino.

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Responses

  1. querido Joaquin ¨Este trabajo que haces es maravilloso, lo voy a leer con calma y despues hacemos los comentarios pertinentes . Un abrazo.MMBB


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